La rutina no es un drama

La rutina no es un drama

Tienes que cambiarle el pañal a tu hija y, en cuanto se lo quitas, se da la vuelta, se escapa a la otra punta de la cama gateando a la velocidad del rayo y te mira con una sonrisa traviesa. Tú no estás para risas porque tienes prisas —cómo cambia la palabra con solo añadirle una «p» delante, eh—, así que te irritas. La prisa te ha cegado y no ves su sonrisa. ¡Qué pena!

O estás terminando tu carrera como profesora —este ejemplo va por mi suegra—, en lo que serán tus últimos meses de trabajo, y te amargas con cada imbecilidad del imbécil del director y con cada gilipollez de tus alumnos. De acuerdo, el director es un caso perdido y algunos de tus alumnos son insufribles, pero, ¿y si por tu actitud te estás perdiéndo buenos momentos con algunos de tus estudiantes en esta recta final?

La rutina está llena de situaciones repetitivas que, en ocasiones, se nos hacen cuesta arriba; como ese cambio de pañal o ese claustro de profesores. Pero, seamos sinceros con nosotros mismos, ¿son tan trágicos estos momentos rutinarios? La verdad es que no. Solo hace falta ponerlos en perspectiva.

Todo pasa, incluso la rutina

Antes de que te des cuenta, tu hija estará en la universidad y los problemas de tu trabajo pronto serán historias que les contarás a tus nietos. La vida es arena que se nos escapa entre los dedos y lo que hoy nos parece eterno se esfumará antes de que nos demos cuenta.

Precisamente, es esta fugacidad la que le da valor a la vida humana y a esas rutinas que configuran nuestro día a día. ¿Te acuerdas de los veranos eternos de tu infancia? ¿Qué hay de aquel profesor insoportable de la escuela? ¿Dónde quedaron las discusiones familiares de la adolescencia?

Cuando perdemos la perspectiva y creemos que nuestra vida será siempre igual, cuando olvidamos que todo pasa —incluso la rutina— cometemos dos errores:

  1. Exageramos y dramatizamos aquello que nos cuesta sobrellevar de nuestra rutina. Lo más insignificante nos puede llegar a amargar el día si le damos una importancia que no tiene. No perdamos la perspectiva, recordemos que nada es para siempre y nos será más fácil afrontarlo.
  2. Le restamos valor a los momentos menos únicos de nuestra vida. Que algo no sea nuevo no quiere decir que no lo podamos disfrutar ni que carezca de sentido. Sin esta mirada, sería imposible que hubiera parejas que duraran 40 años: ese beso más no deja de tener valor en sí mismo porque hubiera otros antes.

Cuando te despiertes por quinta vez en medio de la noche porque tu hijo llora, piensa que llegará un día en que dormirá ocho horas de un tirón. Cuando vuelvas a tomar ese metro abarrotado y maloliente para ir a la universidad, piensa que menos de veinte minutos estarás en la superficie acompañado por los rayos del sol y el aire fresco de la mañana. Cuando le des a un cliente esa respuesta que antes le diste a otros mil, no des por sentado que ese trabajo durará para siempre ni que será siempre igual.

Así que, si hoy te agobia lo mismo que ayer, piensa que puede que mañana  —o dentro de una semana o un mes o un año— lo eches de menos porque, con la debida perspectiva, no es ningún drama. Sumérgete en tu memoria y acuérdate de aquellas rutinas que en su día tanto te pesaron y que hoy recuerdas con nostalgia.

Cambiar de perspectiva no lo cambia todo, pero a veces es la manera perfecta de lograr el cambio que necesitamos.

Y si esto no te funciona y el cambio no llega, provócalo: abre grietas en la rutina.

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Créditos de la imagen:
Kelley Bozarth – unsplash.com