Empezar a meditar: una primera experiencia con la meditación

Empezar a meditar: una primera experiencia con la meditación

En los últimos meses David ha leído muchos titulares de artículos que resaltan los beneficios de la meditación en periódicos, blogs y revistas. También ha visto en la tele a un par de psicólogas que explicaban que meditar cada día es estupendo para la salud y el bienestar.

Además, su prima lleva meses compartiendo cosas sobre mindfulness en Facebook y dos de sus amigos de la facultad hacen lo propio en Twitter e Instagram.

David siente curiosidad y decide que tiene que probarlo: él también va a empezar a meditar.

Se pone a buscar en Google. Ve un par de introducciones a la meditación en YouTube y hasta se compra uno de los libros sobre atención plena de Jon Kabat-Zinn. Se lo lee de cabo a rabo motivado por la excitación inicial que sentimos al arrancar un nuevo proyecto.

Bueno, creo que ya sé de qué va esto. Tengo suficiente información. Ya es hora de poner todo esto en práctica.

Se sienta sobre un cojín con las piernas cruzadas con la columna erguida pero sin tensión. Fija su mirada en un punto fijo en el suelo. Comienza a observar su respiración sin intentar interferir en ella.

¡Vaya, David se sabe bien la teoría! Esos vídeos y el libro de meditación le han servido de preparación.

O tal vez no…

¡Qué fuerte! ¡Lady Gaga tiene fibromialgia! David lo había leído en la web del periódico hacía un rato y el pensamiento se coló en su mente reclamando atención. Con lo dinámica que es, ¡qué putada! La verdad es que me gusta esta tía, es una friqui, pero me gusta. Ya está tarareando mentalmente el estribillo de Poker face y sus hombros comienzan a moverse al ritmo de la música que suena en su cabeza.

¡Mierda, se me ha ido el santo al cielo!

David recuerda que se había sentado con intención de meditar y deja irse al pensamiento sobre Lady Gaga y su recién diagnosticada enfermedad.

Inspiro. Espiro. Inspiro. Espiro…

Hoy se me ha colgado el móvil cuatro veces. ¡Estoy hasta los huevos! Me debería comprar otro. Pero, ¿cuánto hace que me compré este? Me parece que no tiene ni un año. Es verdad que era barato, pero no tiene sentido que los móviles duren tan poco. No es sostenible que…

¡Riiiiiiinnnnnngggggg! La conciencia de David lo llama de vuelta a la meditación.

Ilustración que representa a una persona meditando sentada con nubes de pensamientos sobre su cabeza.
A veces, las primeras sesiones de meditación son así…

Y vuelve, pero de mala gana. Se siente frustrado. Ha leído que es normal distraerse, que las primeras sesiones de meditación no suelen ser un océano de calma y paz. Pero aún así, no está satisfecho.

Mientras se autoflagela por haber perdido la concentración, se da cuenta de que tiene hambre: no sé qué me apetece más, ¿un bocata de salchichón o el trozo de tortilla que me sobró anoche?

Se vuelve a dar cuenta de que ha perdido el hilo de la respiración.

¡Ya está! ¡Se acabó! Esto de la meditación no es para mí.

Se levanta y se va directo a la cocina a por su bocata de salchichón.

Por cierto, ¿sabes cúanto ha durado su sesión de meditación?

Tres minutos y veintidós segundos.

Meditar: el arte de no hacer nada

David no es el primero que ha decidido probar la meditación y se ha rendido tras un intento fugaz.

Y tampoco será el último porque meditar entraña una gran dificultad para nosotros, yonquis de la actividad del siglo XXI: meditar nos obliga a no hacer nada.

Piénsalo, ¿cuándo fue la última vez que pasaste un rato sin hacer nada?

Ya no tenemos momentos muertos. En cuanto uno asoma la patita, sacamos el móvil, encendemos la televisión, abrimos el frigorífico… Cada cual escoge su estrategia para no enfrentarse al vacío y la ansiedad que nos genera no hacer nada.

Sin embargo, cuando nos sentamos a meditar la consigna es precisamente no hacer nada. Por eso a muchas personas les resulta tan difícil las primeras veces, porque meditar significa meterse voluntariamente en la boca del lobo.

Meditar no es actuar ni reaccionar. Meditar es estar. Meditar es ser.

Te sientas inmóvil, diriges la atención a tu respiración y observas aquello que aparece en tu campo de conciencia de forma abierta y sin juicio. Solo estás ahí, cuidando tu atención y tu concentración.

No te pones a pensar deliberadamente en nada. Tampoco te enfrentas a los pensamientos que surgen. Solo los dejas ir, sin pasión, con ecuanimidad. Tú eres el cielo y los pensamientos, las nubes que te surcan.

Estás presente. Eres conciencia.

No te digo que sea fácil, pero te aseguro que merece la pena.

¿Cómo puedo no hacer nada?

No haciendo nada, te respondería un maestro zen.

Cuando te sientes a meditar, hazlo con la intención de cultivar un estado de ecuanimidad y de compasión e inclúyete a ti en esa compasión. No te castigues cuando te distraigas. Si te sientes mal por ello, acepta ese malestar con compasión, pero no lo alimentes.

Solo respira. Toma conciencia de cómo el aire entra en tus pulmones. Siente cómo sale.

Toma contacto con tu propio cuerpo. Siente cómo está, registra las sensaciones físicas sin apego ni rechazo.

Recuerda, se trata de no hacer nada. Solo estate ahí, presente en el momento y el lugar donde estás.

Antes de que te des cuenta, sonará la campana y la sesión de meditación habrá terminado.

Y si persistes y comienzas a meditar con regularidad, verás cómo tu capacidad de no hacer nada y tu presencia aumentan.

Presencia. Compasión. Paciencia. Ecuanimidad. Siembra estas semillas y tu meditación será una práctica nutritiva y reparadora.

Como dije antes, comenzar a meditar no es fácil, pero te aseguro que merece la pena.

Por eso he convencido a David para que vuelva a intentarlo y, quién sabe, tal vez en unos meses él también descubra esos beneficios que meditadores experimentados y científicos le atribuyen a la meditación.

Y tú, ¿te animas a meditar?

Ilustración: Iñaki Calvo
Fotografía: Noah Silliman (Unsplash)