¡Mira, papá, una luna!

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¡Mira, papá, una luna!

 

Esta es una de las maravillosas frases que mi hija de dos años me ha regalado últimamente:

¡Mira, papá, una luna!

Lo dijo mientras miraba al cielo nocturno, sentada en su cochecito de vuelta a casa. Sus palabras pintaron al instante una sonrisa en mi rostro y, sin pensarlo, le dije:

Cariño, es la misma luna de siempre, solo hay una luna.

Sin embargo, un minuto después me arrepentí de aquella respuesta que le había dado. Sentí que había menospreciado su capacidad de ver el mundo libre de conceptos y prejuicos. Lo cierto es que cuando lo pienso me parece precioso que cada vez que mire la luna vea una luna distinta.

Y es que esa capacidad de asombrarse con el mundo cotidiano y ver las cosas con una mirada tan pura es uno de los mayores tesoros de los niños. Los adultos simplificamos y aplanamos nuestro mundo a base de conceptos, teorías y prejuicios; y así lo despojamos de magia. En consecuencia, cuando los adultos vemos la luna en el cielo, no vemos una luna sino la luna.

No obstante, en su inocencia, mi hija tenía razón. Esa luna que brillaba en el cielo aquella noche no era más que una de tantas lunas en nuestra galaxia. Su forma de ver el cielo dejaba lugar para otras lunas; la mía, solo para una.

Piénsalo, en realidad, hay muchas lunas. Muchísimas lunas. Están las lunas de Saturno y Neptuno; la luna de Valencia; la luna lunera; la luna llena, la menguante, la nueva y la creciente; la luna roja del Apocalipsis; la luna que pisó Armstrong; la luna que une a los enamorados separados por distancias físicas; la luna de los nostálgicos y la de las brujas; la luna que marca el ritmo de tantos agricultores; y la luna que aquella noche vio mi hija, por supuesto. Entre tantas otras lunas.

Definitivamente, quiero parecerme un poco más a mi hija y un poco menos a mí mismo. ¡Cuánto me gustaría ser capaz de aparcar —aunque solo fuera temporalmente— lo que sé sobre el mundo, para simplemente observar el mundo! Quiero entrenar mi propia capacidad de asombro ante la realidad, esa facultad que constantemente me muestra mi hija y que para Aristóteles era el punto de partida de la Filosofía. Ansío limpiar mi mirada, recuperar mis ojos de niño.

Gracias, Maia, por haberme mostrado esa luna. Gracias por mostrarme el camino.

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