Cuando un pequeño problema eclipsa tus razones para ser feliz

Cuando un pequeño problema eclipsa tus razones para ser feliz

 

Hace unos días, en la oficina, descubrí un problema en una de las webs que administro. No era cuestión de vida o muerte, pero quería arreglarlo cuanto antes, así que me puse a ello. Pero tras más de cuatro horas intentando descubrir el origen del fallo en la programación, tuve que rendirme: aquello superaba mis conocimientos informáticos. Me sentía perdido en un laberinto…

Salí del trabajo frustrado y de mal humor: «Vaya mierda de día que he tenido» le dije a Ana cuando llegué a casa. La nube negra que se había formado sobre mi cabeza en la oficina se había venido conmigo.

Ahora, con la perspectiva que a uno le da el tiempo, veo que el problema no era tan grave y me parece estúpido haber dejado que me afectara así. De hecho, el día no había ido mal: salvo por aquel fallo de la web, todo estaba funcionando correctamente.

Afortunadamente, ya en casa, después de un rato en familia, me olvidé de esa única cosa que no había ido bien y recuperé mi buen humor. Mi cielo volvía a estar despejado y me preparaba para ir a la fiesta de cumpleaños de una de las amiguitas de mi hija. Cumplía tres años y lo celebraríamos en un parque al aire libre.

Los últimos vencejos del verano surcaban el cielo azul, un cielo en el que una luna madrugadora compartía escenario con el sol. Mi niña corría y gritaba henchida de felicidad junto con sus amiguitas. Y Ana estaba sentada en el suelo, mirando con ternura a nuestro bebé.

Entonces, como testigo de aquella escena, tomé conciencia de lo feliz que me sentía, de lo agradecido que estoy por la vida que tengo. Y me di cuenta de que, unas horas antes, había estado amargado por una minucia sin sentido. ¡Qué estados de ánimo tan distintos en un mismo día!

Allí, en medio de aquel parque en el que celebrábamos el cumpleaños, me di cuenta de que tengo muchísimas cosas que celebrar cada día. Sin embargo, durante toda la mañana —y parte de la tarde— había estado mirando en la dirección equivocada: me había estado concentrando en lo que no estaba funcionando, sin fijarme en todo lo que sí que funcionaba estupendamente tanto dentro como fuera del trabajo.

Había dejado que un pequeño problema eclipsara las muchas razones que tengo para ser feliz. Ese era mi verdadero problema.

Y es que los humanos hemos evolucionado para sobrevivir, no para ser felices. Esa es la razón por la que los problemas —lo que no va bien— captan nuestra atención con tanta intensidad, incluso en un contexto en el que casi todo va como la seda. Gracias a que nuestros ancestros le prestaron mucha atención a los peligros y amenazas que los rodeaban, estamos nosotros aquí. Si le hubieran prestado más atención a la belleza de las puestas de sol que a los depredadores que se los querían merendar, seguramente, ni tú ni yo estaríamos hoy aquí.

Hemos heredado de nuestros antepasados ese radar para los problemas que permitió a nuestra especie sobrevivir en el gran juego de la evolución. Sin embargo, esa facultad que fue su salvación, en ocasiones, es un lastre para nosotros. En un entorno donde la supervivencia no es el reto básico, nuestra tendencia a concentrarnos demasiado en los problemas se convierte en un obstáculo para la felicidad.

Debemos reconocer que nuestra capacidad para detectar lo que no va bien —o lo que puede torcerse— nos es de gran ayuda en el día a día, pero no dejemos que nuestra mirada se quede clavada en los problemas cuando tenemos cientos de razones para ser felices. Cuidémonos de perder la perspectiva.

No me malinterpretes, con esto no quiero decir que debamos mirar para otro lado cada vez que se nos presente un problema. Tampoco estoy hablando de resolver problemas con un cambio de mirada, porque no todo depende de cómo lo mires.

Mi conclusión personal es esta: voy a esforzarme para considerar los problemas en su contexto y no dejar que una pequeña contrariedad me amargue el día. Porque yo no solo aspiro a sobrevivir, sino que también quiero ser feliz.

No voy a permitir que un pelo en la sopa me arruine ninguna comida.