El juego de las máscaras y el momento presente

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El juego de las máscaras y el momento presente

Puede que conozcas a Adrián Cordellat porque hace unos meses los medios de comunicación nos contaron cómo la empresa para la que trabajaba lo despidió tras pedir una reducción de jornada al nacer su segundo hijo. Yo lo descubrí por aquella triste noticia y desde entonces sigo su blog, en el que escribe sobre paternidad, un tema que yo también trato aquí.

Hoy te hablo de Adrián porque hace poco publicó un artículo que me ha animado a escribir este texto que estás leyendo. Su escrito se titula Un juego de máscaras y en él nos cuenta su asombro al darse cuenta de lo rápido que crecen sus hijos. Creo que todos los padres y madres hemos pensado en algún momento algo así como esto que escribe Adrián:

Todo empezó, en parte, cuando un día miré a Mara y de repente la vi muy mayor, como si de un día para otro hubiese crecido tres años.

¿Tú nunca has pensado lo mismo de tus criaturas? Yo sí, muchas veces. Adrián utiliza una imagen muy sugerente para referirse a este cambio constante:

Nuestros hijos van cambiando a diario, unas caras se superponen a otras, como en un juego de máscaras, mientras van borrando detalles de las que les precedieron hasta hacerlas desaparecer, hasta que apenas queda un pequeño destello de ellas.

Busca una foto de los primeros días de vida de tu hijo o hija y tomarás conciencia al instante de cómo ha cambiado, de lo rápido que ha pasado el tiempo. ¿Me equivoco?

Nuestros hijos cambian muchísimo durante sus primeros años de vida; por eso ellos tienen que renovarse el carnet de identidad cada año y nosotros, cada diez.

Pero, ¿qué hay de nosotros? ¿Acaso la paternidad o la maternidad no nos transforman radicalmente? ¡Pues claro que sí!

Puede que nuestro aspecto no cambie tanto durante nuestros primeros años como padres o madres —salvo por esas ojeras que llevan algunos—, pero os aseguro que desde que nació Maia y, con ella, el Iñaki padre que soy ahora, he llevado muchas máscaras en este juego.

Al ver cómo Adrián reflexionaba sobre el paso del tiempo y los cambios de su hija, yo me he puesto a pensar en cómo he cambiado yo desde que soy padre.

¿Soy el mismo que aquel niño que cazaba lagartijas en la huerta de su abuela? ¿Sigo siendo aquel adolescente hosco e introvertido? ¿Qué queda en mí de mis tiempos de barman en Dublín? ¿Dónde esta ahora el Iñaki que se vino a Barcelona para estudiar un máster? ¿Y qué pasó con mi yo-padre-primerizo?

Eso solo son algunas de las máscaras que he llevado hasta ahora en el gran juego de la vida.

¿Y qué es lo que me queda? Me quedan esos recuerdos de quien fui —o creo haber sido, ya que la memoria tiene gran parte de invención— y la capacidad de vivir mi vida con conciencia, habitando con cuerpo y alma el instante presente.

Fotografía de unas manos de las que caen hilos de arena
El tiempo se nos escapa como arena entre los dedos.

El tiempo —la vida— se nos escapa como arena entre los dedos y antes de que nos demos cuenta nuestra existencia quedará reducida a un montón de polvo y los recuerdos que de nosotros guarden quienes nos conocieron.

Hay unos versos del budismo zen que llevo marcados a fuego en mi corazón:

La Vida y la Muerte es el asunto esencial
El tiempo pasa rápido como una flecha,
A vosotros que buscáis la Vía
Humildemente os pido
Tomad conciencia del instante presente.

Eso es lo que me digo a mí mismo cuando pienso en el paso del tiempo, que debo volver al momento presente. Iñaki, no te apegues al pasado ni te obsesiones con el futuro. El momento presente es lo único que tienes.

Cuando pienses en cómo han cambiado tus hijos, date cuenta de que no eres ajeno a ese cambio; aunque no sea tan evidente. Cuando veas una flor marchita, recuerda que nos espera el mismo destino. No lo olvides: tu tiempo es finito. Vuélcate con todo tu ser en el momento presente.

Si llevas la máscara de padre, métete hasta la médula en el papel y regálales a tus hijos toda tu presencia.

Si la máscara que llevas es la de amante, ama con pasión y entrega.

¿Estás trabajando? Trabaja con todo tu ser.

Como dice el proverbio zen:

Cuando camines, camina. Cuando comas, come.

Te aseguro que si consigues vivir el momento presente con más conciencia, podrás reconciliarte con el inexorable paso del tiempo y con el cambio constante que es la vida.

Gracias por inspirarme, Adrián.

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