Contra la inercia

Contra la inercia

El ser humano es una criatura de hábitos. Nuestra naturaleza nos empuja a buscar el orden y la regularidad en nuestras vidas y, con demasiada frecuencia, nos quedamos con eso de más vale malo conocido que bueno por conocer a cambio de no perder la seguridad y la certeza de nuestra rutina. De esta manera, la propia inercia de nuestros actos pasados puede llegar a convertirse en el principal motor de nuestra vida actual: «Hago esto y lo otro porque llevo mucho tiempo haciéndolo».

Cuando esta inercia toma demasiada fuerza, el peso del pasado no solo condiciona nuestro presente, sino que lo determina. Ya no hay lugar para el cambio, la continuidad es la única opción que nos queda. Llegado este punto, olvidamos que hay otras posibilidades, que existen maneras alternativas de vivir la vida, y nos limitamos a seguir haciendo lo mismo que hemos hecho hasta ahora; solo podemos ser como fuímos.

Esta identificación con nuestras acciones, pensamientos y relaciones —con la vida que hemos llevado— se convierte en nuestra identidad. Lo idéntico es aquello que siempre es igual a sí mismo, así pues, la identidad implica inmutabilidad. Por eso me parece importante que relativicemos nuestra identidad y nos dejemos margen para el cambio. Nuestro entorno cambia constantemente y nuestra supervivencia y felicidad dependen de nuestra capacidad para adaptarnos a estos cambios.

El cambio es posible y, en muchas ocasiones, también necesario. Ese cambio puede ser más o menos importante, más o menos drástico. Uno puede cambiar de marca de cerveza, de trabajo, de ciudad, de hora de irse a la cama, de programas de televisión, de piso, de pareja, etc. Que lleve diez años suscrito a una revista no es razón para renovar la suscripción otro año más si realmente ya no me interesa. Esta decisión puede ser superficial e intrascendente, pero el problema es que la misma lógica que nos lleva a seguir suscritos a esa revista que no leemos es la que nos lleva a mantener un trabajo que odiamos o que nos hace mantener relaciones con las que hace años que no somos felices.

Como decía, el cambio es posible y, en ocasiones, necesario. Por eso me parece importante mantener una actitud crítica con nuestra propia vida. Debemos revisar nuestros pensamientos, acciones y relaciones. Solo si somos capaces de ver de dónde venimos, dónde estamos y adónde queremos ir podremos ser un poco más coherentes y llevar una vida más auténtica. El remedio a la inercia es una conciencia despierta y enfocada. Conectar con nuestro yo aquí y ahora es lo que nos puede salvar de ese piloto automático que es la inercia.

De vez en cuando es necesario hacer una pausa y examinar la vida con calma y ecuanimidad. De este modo, nos permitimos tomar perspectiva y comprender el presente, nuestro presente. Solo desde este punto podemos afrontar el futuro con una mirada fresca para decidir qué vamos a hacer con nuestra vida.

¿Te apetece hacer una pausa e intentar escapar de tu inercia?

Imagen: Death to Stock Photo